Acaso nos hemos confundido

y la felicidad sea un perfume

                                           inacabado.

Vida mía, todo envejece como tu piel

y nadie llora.

Mira, mira los árboles y los pájaros

y el mar y los andenes

y esta casa entrañable que nos cubre.

Mira la droga de los dioses y los olimpos

de la nieve. Hemos dejado atrás, sencillamente,

                                               todo lo que nos va dejando.

Y es que la vida es así de rápida.

Como un viaje a las rosas. Sí,

es verdad que estás vieja toda tú:

aliento tacto mirada pelo. Pero nada me importa

mientras sigas aquí

y nos demos calor en las tardes de frío;

aunque ya nadie esté que pueda conocernos

ni sepa nuestros nombres.

Sí, es cierto que esta noche

preguntarse a uno mismo a qué habremos venido

resulta un desaliento.

Es cara la felicidad, amada mía,

tan imposible que a veces

apetece bailar hacia la muerte girando en el orgullo.

Pero aquí vamos, muriendo lentamente pero juntos.

                                                         Juntos sobre todo.

Y tus geranios quedarán siempre a la puerta

y a nuestra higuera vendrán siempre los pájaros

y a nuestro domicilio llegarán cartas como otoños.

                                      Todo lo mío- tuyo, todo deshojado.